domingo, 29 de marzo de 2009

La mujer que ha vampirizado a los jóvenes se pasa a la literatura para adultos

BEST SELLER | EL FENÓMENO STEPHENIE MEYER

http://www.elmundo.es/magazine/2009/495/1237378823.html

La mujer que adoran 46 millones de adolescentes está casada, tiene tres hijos, se enorgullece de ser ama de casa, no fuma, no bebe e imparte catequesis. También escribe novelas de vampiros de las que se venden 10 ejemplares al segundo. «Varias chicas me han escrito para decir que las maltrataban y, tras leer mis libros, se dieron cuenta de que tenían que ponerle fin a eso», afirma. Ahora Stephenie Meyer va a por los mayores.

Por Víctor Rodríguez. Fotografía de Eric Ogden

No se detiene a calibrar cada palabra como si fuese a ser la piedra angular sobre la que ha de gravitar el peso del mundo, le incomoda hablar mal de sus colegas, no echa pestes del mundo editorial. Es como si Stephenie Meyer (Connecticut, EEUU, 1973) no fuese escritora. Pero lo es. Dios y los Santos del Último Día saben que lo es. Es más, no sólo es escritora; es la autora viva que más libros vende del mundo. Desde 2005 lleva 46 millones, dos de ellos en español. Cada vez que usted parpadea, 25 personas compran alguno de los volúmenes de la saga iniciada con Crepúsculo –y continuada con Luna nueva, Eclipse y Amanecer–, que narra los amores entre una chica de 17 años y un vampiro. En 2008 logró lo que nadie, ni J.K. Rowling con sus Harry Potters, había conseguido: cuatro títulos suyos fueron los cuatro libros más vendidos en EEUU.

Sus apariciones públicas, con cientos de fans disfrazados, se parecen más a un concierto de rock que a presentaciones de libros al uso. La revista Time la incluyó entre los 20 personajes del año, junto a Ingrid Betancourt o Michael Phelps. Häagen Dazs vende helados con sabores inspirados en su obra y la Cruz Roja va a las fiestas de lanzamiento de sus libros para premiar a los que donen sangre durante la espera con el privilegio de ganar puestos en la cola.

El fenómeno traspasa fronteras generacionales, como puede comprobar cualquiera que visite la web twilightmoms.com –literalmente, las mamás de Crepúsculo–, y geográficas: docenas de fanpires o twilighters españoles, como se conoce a los lectores más tenaces, se están organizando por Internet para viajar en mayo a Italia al rodaje de la segunda película de la saga.

«Asusta un poco», reconoce la escritora desde su casa, en las afueras de Phoenix. «Al final tienes que dar un paso atrás y pensar: ‘En fin, yo escribí esto para divertirme y no puedo controlar cómo lo va a interpretar la gente’. La verdad es que no lo entiendo. Lo escribí tan específicamente para mí... Yo tenía la sensación de que los personajes eran reales, que vivían conmigo. Pero no esperaba que la gente también los percibiera como reales».

La propia Stephenie Meyer parece muy real. Casada, 35 años, madre de tres niños –de 11, 8 y 6 años– y fiel observante de los preceptos de la Iglesia de Jesucristo de los Santos del Último Día –los mormones–, insiste en decir que su vida sigue siendo parecida. «Estoy más ocupada, pero mi día a día es normal: en casa con mi marido y mis hijos. De vez en cuando tengo que salir y, ya sabes, ser algo así como una celebridad. No me encuentro cómoda en esas situaciones, aún debo acostumbrarme. Pero, por lo general, las cosas son muy normales».

Siempre lo han sido. Tras graduarse en Literatura Inglesa, trabajó de recepcionista en una inmobiliaria, pero duró poco. Un año antes de terminar los estudios se había casado con Pancho, un chico al que conocía desde los 4 años (y que, con el éxito de su mujer ha dejado su trabajo de contable para cuidar de los críos). Al nacer su primer hijo, se fue de la inmobiliaria y se convirtió en feliz ama de casa, condición de la que aún se enorgullece.

Nunca había escrito nada en serio. A lo más que había llegado es a ganar un concurso de dibujo. Pero un día tuvo un sueño. No figurado y providencial, como el de Martin Luther King, sino poderosamente real. En su vida le habían interesado los vampiros –a fecha de hoy aún no ha leído Drácula–, pero en su sueño un guapísimo vampiro hablaba con una chica. Inmediatamente, se puso a transcribirlo en el ordenador de su marido. Escribiendo por las noches acabó las más de 500 páginas de Crepúsculo en tres meses. No se lo enseñó a nadie más que a la mayor de sus cinco hermanos, que la animó a moverlo.

No tardó en llamar a la puerta de su casa –la misma en la que vive hoy, a pocos metros de sus padres– un agente de la editorial Little, Brown & Company. Venía ligero de equipaje, la oferta era sencilla: 750.000 dólares (unos 600.000 euros) por tres libros.

Crepúsculo llegó a las tiendas en octubre de 2005. Y comenzó la locura...

«Yo soy la más sorprendida», reconoce Meyer, que habla tan rápido como escribe. «Es un romance de vampiros, parece mentira que alguien se lo tome tan en serio. Pero por las cartas que recibo, hay gente para la que ha sido muy importante. Algunas son perturbadoras. Más de una chica me ha escrito para decir que su pareja la maltrataba y que con Crepúsculo se dio cuenta de que debía poner fin a eso. Lo que es genial, si no fuese porque aterra pensar que hay gente tan joven en esa situación».

Hoy le es imposible, pero durante meses, Meyer se tomaba la molestia de contestar todas esas cartas. Gente que la ha acompañado en sus giras promocionales en España –la primera, en 2006, fue la primera vez que salió de EEUU– cuenta que es muy tímida y que antes de aparecer en público se pone nerviosa hasta casi bloquearse, pero luego se deja llevar por sus admiradores a que le enseñen el Retiro.

Les dobla en edad, pero parece como si hubiese encontrado la forma de leer ese arcano que es la mente adolescente. «Cada uno es diferente», dice. «Soy profesora en la escuela dominical [una especie de catequesis protestante], estoy con chavales de 16 y 17 años y se parecen mucho a mí a esa edad. Pero imagino que las cosas serán distintas para otros chavales. Las cosas han cambiado. Nos hacemos mayores...».

Hablemos de sexo. Lo cual no quiere decir que dejemos de leer libros de vampiros. Meyer dice recibir muchas cartas de mujeres mayores que ella que se han redescubierto a sí mismas con la historia de Bella Swan y el irresistible y atormentado vampiro Edward McCullen, atrapado entre el deseo y el miedo a matar a su amada.

Muchas afirman que a través del libro han encontrado una forma de hablar de sexo con sus hijas. De hecho, el que Bella y Edward no lleguen más que a besarse ha sido objeto de un intenso debate sobre si los vampiros de Crepúsculo son paladines de la abstinencia sexual promovida por sectores conservadores, una polémica que, inevitablemente, ha salpicado a las convicciones religiosas de Meyer.

La escritora no fuma, no bebe alcohol y los únicos pecados que se permite son la coca-cola y la tarta de queso. Sí, es mormona, y está hasta el crucifijo de que le pregunten por ello. «En lo único en que mi religión influye en mis libros es en que los personajes tienen una noción de eternidad. La gente se pregunta qué hay después de la muerte y cómo afecta eso a su vida, y mis personajes también», dice. Otras críticas, en cambio, se han dirigido contra la calidad de sus obras. La más sonada, la del rey del best seller, Stephen King. Comparando a Meyer con J.K. Rowling, el autor de El resplandor comentó: «La diferencia es que Jo Rowling es una magnífica escritora y lo que escribe Stephenie Meyer no vale nada».

«No voy a decir nada sobre eso», afirma Meyer con la misma cordialidad con que se ha conducido durante toda la entrevista. «No he leído nada suyo. Soy bastante miedica y no me gusta el género de terror».

Abortada la saga de vampiros después de que se filtrara parte de la que habría de ser la quinta novela, Meyer publica ahora en España La huésped. Fiel a sí misma, se despacha escribiendo 757 páginas.

En ellas, los vampiros políticamente correctos que se resisten a chupar sangre humana y procuran que sus cacerías en bosques no causen «impacto medioambiental» ceden el puesto a alienígenas que colonizan cuerpos humanos. Recién implantada en un cuerpo, una alienígena descubre que el alma humana legítima propietaria se resiste a irse. Además, se enamora del hombre del que la mujer cuyo cuerpo usurpa estaba enamorada.

«La idea de dos personas en un solo cuerpo enamoradas de la misma persona se me ocurrió mientras conducía», recuerda. Conducir es, con la lectura, series de televisión como Ley y orden o The Office y jóvenes grupos de rock tipo Linkin’ Park y Muse, una de las cosas que más disfruta Meyer. «Iba a visitar a mi hermana. Tenía un aburrido viaje de 12 horas sola en el coche, sin nadie con quien hablar. Ya sabes, esto es el desierto...».

Sus editores lo venden como su paso a la literatura para mayores, aunque ella mantiene cierta distancia. «Yo escribí la historia que quería escribir», explica. «Cuando la terminé fue el editor el que me dijo: ‘Vaya, Stephenie, es una novela para adultos’. Y yo me quedé en plan: ‘Pues vale...’». Para adultos o no, late en el libro cierta fe en el hombre. «Miras al mundo y sólo ves guerras», dice Meyer cuando se le hace notar. «La gente es capaz de hacerle cosas verdaderamente idiotas a los demás. Pero también de hacer cosas sorprendentes. Yo espero que mis hijos crezcan en un mundo mejor, pero sé que les aguardan enormes desafíos. Y procuro que estén preparados». Porque, aunque, aferrada al he-venido-a-hablar-de-mi-libro, Stephenie Meyer no quiera señalarlos, ella es la primera que sabe que fuera de las páginas de Crepúsculo no todos los vampiros son tan nobles como Edward McCullen.

+ La huésped (ed. suma de letras), de Stephenie Meyer, sale a la venta el 1 de abril.

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